
Llegamos a su casa, un inmenso edificio solitario, que parecía lleno de recuerdos inolvidables, recuerdos que ya nunca más sabrá nadie. Al entrar, la puerta se cerró con un fuerte golpe. No había luz, estábamos sumidos en una oscuridad incorpórea. Sin soltarme la mano, me condujo en silencio hasta una habitación, que supuse que era la suya. En ese momento, me pareció que el mundo se detenía, en ese momento mágico en que sus manos rozaron mi piel. Me apretó contra su pecho, y oía la fuerte ventisca que acechaba fuera. Con el sonido de un trueno, acercó su rostro al mío. Noté su aliento en mi mejilla, tan frío y a la vez cercano, las gotas de lluvia que había en sus labios rozaron mi frente. No me importaba lo que sucedería, ni siquiera pensaba ya en lo que existía fuera de esas paredes. Sonó otro trueno, y me besó. Luego, me besó otra vez, y otra, hasta que el sol decidió salir.