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martes, 7 de abril de 2009

Confesiones


La adrenalina corrió por mis venas conforme fui comprendiendo poco a poco el peligro. Desde su posición, él lo olió y su sonrisa se hizo burlona.
- Soy el mejor depredador del mundo, ¿no es cierto? Todo cuanto me rodea te invita a venir a mí: la voz, el rostro, incluso mi olor. ¡Como si los necesitases!, ¡Como si pudieras huir de mí!, ¡Como si pudieras derrotarme!
Permanecí sentada sin moverme, temiéndolo como no lo había temido nunca. Nunca lo había visto tan completamente libre de esa fachada edificada con tanto cuidado. Nunca había sido menos humano ni más hermoso. Con el rostro ceniciento y los ojos abiertos como platos, estaba sentada como un pájaro atrapado por los ojos de la serpiente.
Stephenie Meyer, Crepúsculo

lunes, 6 de abril de 2009

¿Hasta cuando?


- La idea de verte inmóvil, pálida, helada... No volver a ver cómo te ruborizas, no ver jamás esa chispa de intuición en los ojos cuando sospechas de mis intenciones... Sería insoportable. Ahora eres lo más importante para mí, lo más importante que he tenido nunca.

La cabeza empezó a darme vueltas ante el rápido giro que había dado nuestra conversación. Desde el alegre tema de mi inminente muerte de repente nos estábamos declarando. Aguardó, y supe que sus ojos no se apartaban de mí a pesar de fijar los míos en nuestras manos. Al final, dije:

- Ya conoces mis sentimientos, por supuesto. Estoy aquí, lo que, burdamente traducido, significa que preferiría morir antes de alejarme de ti.

Nuestras miradas se encontraron y entonces nos reímos juntos de lo absurdo y estúpudo de la situación.

- Y de ese modo, el león se enamoró de la oveja...

- ¡Qué oveja tan estúpida!

- ¡Qué león tan morboso y masoquista!

Stephenie Meyer, Crepúsculo





domingo, 15 de marzo de 2009

No es bueno refugiarse en los sueños


Siempre me llamó la atención el cuadro que había en el gran salón de la casa de mi abuelo. Justo en medio, sobre el hogar, pequeño y modesto. La mujer que allí había retratada siempre me había intrigado: parecía rejuvenecer con el paso de los años. El abuelo me contó que la mujer una vez le robó el corazón, que sus labios le fascinaban y no dejaban reposar sus pensamientos. Su cabello le cubría la mayor parte de la cara, dejando solo entrever un ojo y los labios. Ese azul cristalino, que no te dejaba apartar la mirada, que te transportaba hacia lo más hondo del mar.
Me senté frente al cuadro, y ella me sonreía. Estaba ensimismado, absorto en su rostro, me tenía atrapado. Mi abuela se sentó junto a mí, observándome.
- Era muy bella, ¿verdad?
Asentí sin ni siquera mirarla.
- ¿Conoces... Su historia?
Giré rápidamente la cabeza, con los ojos muy abiertos. ¿Sabía algo de ella?
- Era mi amiga, mi mejor amiga. Teníamos veinte años. Un día, cuando la luna estaba en su fase más bella, algo se movía en la oscuridad. La encontraron a la mañana siguiente, con dos marcas en el cuello, pálida e inmóvil. No queríamos creearlo, su vida se había desvanecido, su aliento era ya inexistente. Allí los sueños de tu abuelo se deshicieron, y creo que nunca he vuelto a ser la misma.
Para mí, tampoco aquel retrato volvió a ser el mismo
M*

miércoles, 11 de marzo de 2009

Solamente otra vez


Lucas se revolvió solo un segundo cunado el éxtasis nos alcanzó a ambos: mi pulso se fundió con el suyo al tiempo que su sangre fluía en mi interior, más poderosa que el más apasionado de los besos, entrelazándonos. Conocía el sabor de su sangre, pero esta vez era incluso más irresistible. La tragué, saboreando el calor, la vida y la sal en mi lengua. Lucas se estremeció debajo de mí y comprendí que el mordisco tenía el mismo efecto en ambos.
Lucas empezó a boquear y me obligué a detenerme. Me separé de él poco a poco. Estaba mareado y débil, pero no había perdido el conocimiento. Me cogió la cara con ambas manos y volví a la realidad de golpe: tenía los labios manchados de sangre y los colmillos todavía no se habían retraído. ¿Cómo podía mirarme siendo vampiro sin sentir repulsión?
Sin embargo, a pesar de la sangre, me besó.
Claudia Gray, Medianoche

sábado, 7 de marzo de 2009

Y así fue como empezó...


Para, me dije. Sin embargo, Lucas y yo habíamos ido demasiado lejos para poder detenernos. Lo necesitaba, por completo, ahora. Sujeté su rostro entre mis manos y posé mis labios suavemente en los suyos, en su barbilla, en su cuello. Y al ver el pulso de las venas latiendo bajo la piel, no pude reprimir mi sed de él.
Lo mordí en el cuello, con fuerza. Lo oí gritar de dolor, desconcertado, pero al mismo tiempo la sangre salió disparada hacia mi lengua y el espeso sabor metálico se propagó en mi interior como un incendio: ardiente, incontrolable, mortífero y bello. Al tragar, el sabor de la sangre de Lucas en mi garganta fue lo más dulce que había conocido hasta el momento.
Claudia Gray, Medianoche
 
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